Abu Simbel impresiona. Da igual que sea la primea vez que ves aparecer los colosos de Ramsés II tras rodean una pequeña colina o si has estado frente a los templos numerosas ocasiones. Son dos construcciones talladas en la roca que dejan sin aliento a todos los que acuden al lugar y acceden al interior de los mismos.
En este último viaje no me centré tanto en el exterior como en el interior, sobre todo del templo grande, el de Ramsés II. Tenía pendiente ver mejor y con más calma las cámaras anexas a la sala hipóstila y también los relieves de la propia sala con las estatuas del faraón con forma osiríaca. Enseguida sabréis la razón.
¿Cómo son los templos?
Sin duda son una de las construcciones más famosas del antiguo Egipto que muchos reconocen aun si haber pisado nunca sus arenas, al igual que ocurre con las pirámides de Giza, la Esfinge o los tesoros de Tutankhamon.
Decir que están muy cerca de su emplazamiento original antes de su salvación de las aguas del Lago Nasser, 60 metros por encima y 200 metros más al interior. La espectacularidad del lugar se muestra desde el instante en que, acercándote por la parte trasera donde está la entrada el recinto, se ve la inmensa cúpula artificial que se construyó para albergar el templo grande (el de Nefertari queda más a la izquierda y no se aprecia tanto).

El de Ramsés II está presidido por cuatro colosos del faraón de 20 metros de altura, en parejas a cada lado de la puerta de acceso, y coronado por un friso de babuinos saludando al sol matutino. Al acceder nos encontramos en una primera sala hipóstila con ocho columnas y el mismo número de estatuas de Ramsés en posición osiríaca, con acceso a varias cámaras anexas. A continuación, otra sala columnada, pero esta vez con cuatro pilares, dando paso al santuario, donde encontramos cuatro estatuas: Ptah, Amon-Ra, Ramsés II y Ra-Horakhty (de izquierda a derecha). En este lugar es donde se da el fenómeno de que, dos días al año, los rayos del sol entran hasta el santuario recorriendo toda la longitud del templo e iluminan las estatuas de los dioses, excepto la de Ptah, que siempre queda en penumbra por ser un dios asociado al inframundo.
El templo de Nefertari y la diosa Hathor tiene también una estatuas monumentales en su fachada, aunque no tan grandes como las del de Ramsés. Su ditribución interna es mucho más sencilla, accediendo directamente a una sala hipóstila de seis pilares coronados con la cabeza de la diosa Hathor y dando paso al santuario, donde se puede observar una representación de esta misma diosa en su forma de vaca.
¿En qué me fije?
Sobre todo en las correcciones o cambios de decoración de la sala hipóstila. Desde el doble brazo-arco del faraón montado en su carro de las escenas de la batalla de Kadesh, en la pared de la izquierda según se entra al templo, hasta los cambios decorativos de esa misma sala en las otras paredes. Situándonos en esta primera sala columnada, en la pared del fondo a la izquierda se observa una rectificación de la decoración original, pudiendo ver el contorno de una corona (presuntamente la blanca del Alto Egipto) entre dos figuras que no tiene continuidad hacia abajo. Quizá se moviese la figura que después quedó más a la derecha o se modificó el plan decorativo y con el tiempo se cayó el relleno que los antiguo egipcios utilizaban para tapar grietas o decoraciones anteriores.

En la pared del otro lado (simétrica a la primera escena que he comentado) se puede ver una modificación aún mayor, cambiando toda la decoración de la mitad inferior de la pared: donde había una escena de guerra (quizá una continuación de la representación de la pared contigua) se pasó a una imagen de adoración y ofrendas. En esta pared se ve claramente que incluso el volumen de la misma está comido, está rebajado para eliminar la escena anterior y poder grabar la nueva selección de imágenes rituales.
Tuve la oportunidad de apreciar y comentar estos detalles con Carmen Ruiz (arqueoartis), epigrafista del Proyecto Djehuty, que me apuntó detalles tan interesantes como el identificar la pasta que utilizaban antiguamente para rellenar huecos y espacios.
Cuando visitas este magnífico lugar por primera vez, lo más seguro es que no te percates de estos detalles a no ser que los vayas buscando. La monumentalidad del templo, saber que fue excavado en la roca y la impresionante campaña para salvarlos de las aguas del incipiente Lago Nasser llegan a eclipsar partes más pequeñas o menos llamativas de lugar.